Tzadik, es un término hebreo que designa al
“justo en plenitud”, al que antepone los intereses de su prójimo a los suyos.
Viene de las raíces Tzedek, que significa “justicia”, y Tzedaká, que se traduce
como “caridad”. En el Islam existe un término similar, saddiq. La traducción a
las lenguas occidentales equivale a santo.
En 1994, el escritor y cineasta franco
polaco Marek Halter, utilizó la expresión “Tzedek, Les Justes” para un
documental sobre un grupo de “justos entre las naciones”.
Irena Sendler fue uno de los testimonios:
Frente a la cámara sus palabras fluyen naturalmente, nuevas, sin la fatiga de
aquellos relatos que se han repetido maquinalmente muchas veces.
Irena había salvado de la muerte a 2.500
niños judíos, sin embargo se reprocha: “Todo el tiempo tuve la sensación de no
haber hecho suficiente. Podría haber hecho más. Este pesar me perseguirá hasta
la muerte”. Toda una definición de santidad.
Nació el 15 de febrero de 1910 en Varsovia.
Su padre era médico, murió trabajando durante una epidemia de tifus cuando
Irena tenía siete años: “Nunca olvidaré unas palabras de mi padre: ‘Si ves un
persona ahogándose, hay que saltar al agua aunque no sepas nadar’”.
Cuando estalló la guerra trabajaba como
asistentel en el servicio del Comité Ciudadano de Bienestar Social.
El giro fundamental comienza el 16 de
octubre de 1940 cuando los alemanes confinan a los 380.000 judíos de Varsovia
en una pequeña zona de la ciudad rodeada de un muro de tres metros de altura y
18 kilómetros de largo.
Se prohibió a los judíos salir del gueto y
a los polacos ayudarles. Ambas actividades estaban castigadas con la pena de
muerte. Sin embargo los miembros del servicio del Comité Ciudadano de Bienestar
Social, liderados por Irena se las arreglaron para entrar.
“Todo comenzó con el deseo de salvar a mi
amiga Ewa Rechtman: Los alemanes tenían pánico a una epidemia de cólera,
entonces encomendaron a la oficina de Bienestar Social que nos hiciéramos cargo
de la situación. Cruzábamos la puerta del gueto varias veces al día.
Disponíamos de dinero de la oficina, además de comida, medicamentos y vendas.
Además, nos vestíamos con varias capas de ropa para repartirla en el gueto,
algo que, con lo flaca que estaba, no me resultaba nada difícil.”
El panorama era terrible: “Cada vez que
pasaba veía como el horror crecía, lo peor eran los niños esos pequeños seres
indefensos, Decidí salvarlos a cualquier precio”. Sus compañeros decidieron
apoyarla.
Irena Sandler debía enfrentar cuatro tipos
de problemas, cada uno más difícil que el otro: Debía encontrar medios de salir
con los niños del Gueto. Para ello logró la ayuda de algunos personajes astutos
que le mostraron varias salidas secretas. El segundo problema era encontrar
familias para refugiar a los niños, darles nuevas identidades y formación no
judía, para eso contó con el apoyo de familias y organizaciones católicas. El
tercero, quizás el mayor fue convencer a las familias. Muchos judíos, incluso
autoridades de la comunidad, creían que todo se trataba de un pogromo más y que
tarde o temprano saldrían libres:
“Imagine que soy una ‘goy’ desconocida, yo,
o uno de mis colegas, yendo a una familia y diciendo: ‘Puedo salvar a su hijo’.
Me preguntan enseguida: ’¿Qué garantías tendremos de que el niño vivirá?’ Yo
contesto ‘Ninguna? Ni siquiera yo sé si podría salir del Gueto con el niño.
Evidentemente hay una consternación en la familia. La madre, la abuela, el
niño, todo el mundo llora, cada uno toma el niño en sus brazos, y el padre, más
razonable dice que hay que entregarlo. A veces aceptaban confiármelo, a veces
se negaban. No me sorprendía, yo era una desconocida.”
Con frecuencia le sucedía de pasar frente a
una casa en la que le habían negado el niño y comprobar que toda la familia
había sido embarcada con destino a los campos de exterminio.
Por último, las operaciones de traslado
eran altamente riesgosas. En esa tarea un conductor de ambulancias fue
decisivo:
“Luego de sus horas de servicio, iba a
buscarme con el niño al lugar convenido. Usted puede imaginarse…hoy…el calvario
de ese ser de 2, 3 o 4 años, arrancado a su padre, a su padre, a su medio. Era
una verdadera tragedia. Cuando estaba en la ambulancia, no podíamos ponerle una
bolsa en la cabeza ni darle somníferos, a pesar de todo. Ese chofer adorable,
preparaba un rincón para esconder al niño, pero el pobre lloraba
desesperadamente. Un día el chofer me dice: ‘Jefe, ¡Pasamos delante de los
guardias y el chico aúlla. Nos van a agarrar.’ Pero Antoine encontró la
solución: “voy a llevar un perro malo que ladre muy fuerte y al pasar delante
de los guardias, le voy a pisar la pata y perro ladrará aun más fuerte y ya no
se oirá al niño.”
Ya a salvo, Irena hacía una ficha con cada
niño: los nombres auténticos y falsos, y las direcciones, con la ilusión de
devolverlos a sus familias de origen después de la guerra. La guía se componía
de una serie de trocitos de papel enrollados como un carrete y guardados en un
frasco enterrado junto a un manzano.
En 1942 se unió a una organización
clandestina, Żegota, que constituía un consejo polaco específico de ayuda a los
judíos. La organización contó con el apoyo de numerosos activistas católicos y
el gobierno polaco en el exilio. Se calcula que Żegota salvó a 50.000 judíos de
morir en el Holocausto
Marek Halter le pregunta: “¿Ud. no tenía
miedo?”
“Si, yo tenía miedo, pero vea, lo que
jugaba a mi favor era la audacia. Cuando uno es joven es audaz, rebelde…¿Si
tuve miedo? ¡Por supuesto que sí! Por ejemplo cuando me arrestaron.”
Fue el 20 de octubre de 1943 cuando se la
llevó la Gestapo. Fue torturada día y noche, sin conseguir ni un solo dato.
“Guardé silencio. Prefería morir a dar a conocer nuestro trabajo. ¿Qué
importancia tenía mi vida frente a la de otros muchos hombres?”. En medio de
los terribles dolores “una vez encontré una estampita arrugada en un colchón: “¡Jesús!
¡En ti confío!”. La escondí y la llevé siempre conmigo”. Luego de tres meses
fue condenada a muerte, pero cuando era conducida al lugar del fusilamiento un
guardia, sobornado por Zegota, le permitió escaparse.
Luego vino la liberación, el gobierno comunista,
que la condenó al silencio, el reconocimiento de Yad Vashem, en 1965, alguna
entrevista y por fin el salto al reconocimiento universal merced a un cuatro
jóvenes estudiantes de un pueblito perdido de Kansas.
Irena Sendler, santa
26/Dic/2016
El País, Por Luciano Álvarez